“Cuando el Santo Padre realizó una visita pastoral a Puerto Maldonado, los organizadores tuvieron el problema de cómo presentar la figura del Papa a la población local. “No hay problema -respondió el obispo local de Puerto Maldonado, Mons. David Martínez De Aguirre Guinea, O.P.-, sólo diles que es como Apaktone”. 
(Fray Simone Garavaglia OP*) El Siervo de Dios José Álvarez Fernández, o “Apaktone”, misionero dominico, nació en Cuevas (Asturias) el 16 de mayo de 1890. Ingresó a la Orden de Predicadores e hizo su profesión solemne el 4 de octubre de 1909, seguido un año antes por la ordenación sacerdotal el 26 de julio de 1916. Fernández desarrolló una profunda vocación misionera, un deseo constante que lo animó a lo largo de su formación institucional, a tal punto que el 24 de diciembre de 1916 se embarcó hacia el Perú. Llegó a Puerto Maldonado en los primeros días de 1917. A partir de ese momento se sumergió en una apasionante actividad misionera que duró cincuenta y tres años entre las tribus indígenas de Madre de Dios.

Fernández, habitó en la vasta región de Madre de Dios, ahora parte del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, una zona de Perú fronteriza con Bolivia de unos 150 kilómetros cuadrados, en el corazón de la Amazonía peruana. Aquí, viviendo ininterrumpidamente en el bosque, en refugios improvisados y navegando en canoa a lo largo de varios ríos, incluyendo Madre De Dios, Purús y Urubamba, se las arregló para ponerse en contacto con muchas tribus indígenas que a menudo se mostraban reacias a tener contacto con extranjeros. A pesar de las dificultades, el hambre y muchas enfermedades que lo golpearon -por las que incluso se arriesgó a morir en varias ocasiones-, y también por las precarias condiciones de vida, logró sumergirse en la cultura local, dedicándose por completo a la evangelización y a la defensa de las tribus y sus derechos.Para comprender la obra del Siervo de Dios y su novedad profética, no se puede ignorar la situación histórica y económica de los pueblos que visitó. El misionero dominicano llegó a la Amazonía peruana en un período de conflictos violentos y generalizados entre las poblaciones indígenas locales y las empresas comerciales que, a partir de las primeras décadas del siglo XX, iniciaron una explotación intensiva de los bosques para la extracción  del caucho. Las repercusiones en la actividad misionera eran inevitables: de hecho, los nativos terminaron impidiendo el acceso a la selva a cualquier extranjero, a menudo con armas. Sin embargo y de manera humilde, el P. Fernández se dirigió a estos pueblos indígenas. Con respeto y estima, logró entrar en diálogo con varias de ellas, incluyendo las tribus Huaraya, Toyeri e Iñaperi. Incluso las tribus más remotas y hostiles, en particular los Mashcos y los Amarakaeris (parte de la población de Harakmbut). Precisamente para llegar a estos últimos, el misionero recibió el apodo de “Apaktone” (en su lengua materna “Ah-pahk-toe-nay”), con el que hoy es más recordado y amado por todas las poblaciones locales.
¿Pero de dónde sacó ese apodo de “Apaktone”? Vale la pena hablar de ello, porque muestra la conexión entre este hombre y “sus príncipes y princesas”, como a él le gustaba llamar a los nativos. Era 1940 cuando el P. Fernández, junto con un líder indígena, entró a los territorios inexplorados de las tribus Mashcos y Amarakaeris. Durante el viaje fue rodeado repentinamente por nativos armados que defendían su territorio, despojaron de su ropa al P. Fernández, amenazándolo. El guía dijo a los nativos en el idioma local: “Apaktone jiurambayo ahuajijikda ombeinapene yayukaatei” (Mi padre es viejo y sin ropa morirá de frío, ¡devuélvemelos!). De ahí el nombre “Apaktone” o “Padre sabio y anciano”. El misionero también comenzó a hablar con ellos en el idioma harakbut -conocía la mayoría de los dialectos locales y también escribía varias gramáticas y diccionarios- superando así la desconfianza de los nativos. Surgió un diálogo y respeto mutuo que permitió al misionero dominicano llevar las palabras de Cristo incluso a los temibles Amarakaeris, hasta entonces contados entre las llamadas tribus “no contactadas”. Cuando el Santo Padre realizó una visita pastoral a Puerto Maldonado, los organizadores tuvieron el problema de cómo presentar la figura del Papa a la población local. “No hay problema”, respondió el obispo local de Puerto Maldonado, Mons. David Martínez De Aguirre Guinea, O.P. “¡sólo diles que es como Apaktone!
¿Cuáles fueron las características principales de la acción misionera del siervo de Dios? Parafraseando lo que se lee en la Evangelii Nuntiandi nn. 19-20, el misionero “Apaktone” vivió primero y luego anunció con sencillez y abnegación el mensaje evangélico, que con su única fuerza sabe llegar y conmover el corazón de cada hombre. Sumergido en las culturas locales, movido por una fe profunda y verdadera, supo sacar a relucir en los destinatarios ese lento pero esencial cambio de paradigma que permite que el anuncio no se quede sólo en lo tangencial, sino que penetre en las profundidades. Ha sabido captar en esos pueblos una apertura en la que abrirse paso, reorientando esa religiosidad -ya presente en los nativos a nivel de las religiones tribales tradicionales- hacia objetivos diferentes. Fernández es un testigo auténtico y no preestablecido en este sentido, un verdadero evangelizador de la cultura que ha sabido captar el intercambio de enriquecimiento entre ésta y el Evangelio. De hecho, la cultura nos permite maximizar la calidad del testimonio de la Verdad proclamada y, a su vez, el Evangelio contribuye a la maduración de las potencialidades humanizadoras inherentes, aunque sea en la semilla, a toda cultura (cf. Juan Pablo II, Apóstol Ex. “Ecclesia in Oceania”). En otras palabras, es un proceso hermenéutico que el misionero dominicano ha implementado en la vida cotidiana, a través de un itinerario de inculturación del Evangelio. 

Uno no puede dejar de considerar el papel decisivo que Apaktone jugó en el despertar de la justicia social entre los nativos. La llegada y la terquedad de los caucheros representó un verdadero trauma para los nativos de Madre de Dios: los caucheros, de hecho, sin escrúpulos, emprendieron una explotación salvaje, acompañada de una brutal persecución. La llegada de Apaktone fue una epifanía de esperanza, un apoyo constante a todos aquellos que pretendían defender los derechos humanos de los pueblos indígenas y un baluarte profético contra cualquier campaña de escritura destructiva de las tierras amazónicas. A pocos meses del Sínodo Panamazónico del próximo mes de octubre, su mensaje adquiere un significado particular y profético, con referencia a la reiterada importancia que se da en el Instrumentum Laboris a la salvaguardia de la dimensión social y ecológica de la Amazonía, al respeto de la identidad de los pueblos indígenas, a la importancia del diálogo como punto de partida de toda misión evangelizadora. El vicario de Puerto Maldonado, David Martínez De Aguirre Guinea, O.P., se mueve en esta dirección, diciendo: “Lo que Apaktone representó para los Harakbut en el momento más dramático de su historia, es ahora Francisco para los indios del Amazonas”. 
En el citado Instrumentum laboris -como es de esperar- encontramos algunas de las orientaciones más importantes del Magisterio del Papa Francisco, y en particular la pastoral-misionera, fuertemente inspirada en la Evangelii gaudium, la de la salvaguarda de la creación y el respeto del medio ambiente, asumida por el Laudato sii, y finalmente la de la sinodalidad eclesial que se trata en la Costura. Ap. Episcopalis Communio. Todos estos temas, que nos permiten ver fácilmente con claridad de pensamiento y de letra, una coincidencia entre las intenciones actuales del Sínodo Panamazónico y lo que el P. Fernández ha dicho. 
El siervo De Dios, P. Fernández, fue un hombre de gran oración, que vivió profundamente ese encuentro con el Señor capaz de dar vigor a las dificultades, aparentemente inmensas, de la misión. Fue un gran hombre de acción, capaz de servir a la Iglesia como verdadero discípulo del Evangelio, haciendo todo lo posible para difundirlo, para hacer partícipe a todos del mensaje cristiano de alegría y esperanza: recorrió innumerables tramos de ríos en canoa, experimentó la soledad en el bosque y la hostilidad inicial de los nativos, sufrió las enfermedades que lo golpearon, pero nunca perdió el deseo de hacer de los nativos “un auténtico pueblo cristiano ideal”, en el pleno respeto de su identidad y en la defensa de sus derechos. Era un excelente predicador -que se expresaba en las diversas lenguas que encontraba en sus viajes- porque, ante todo, su vida era una auténtica y preciosa catequesis impulsada por la caridad. Fue un gran dominico, pues encarnaba perfectamente el espíritu de donación total para el anuncio a todos los pueblos de la persona de Jesús y su mensaje de salvación, a imagen de Santo Domingo.
P. Fernández murió en Lima el 19 de octubre de 1970, donde se retiró en sus últimos años de vida. En el año 2000 se inició el proceso de beatificación, que sigue en curso.

*Postulación general de los dominicos

Fonte: ilsismografo.blogspot.org

El Siervo de Dios José Álvarez Fernández “Apaktone” (1890 – 1970) y el Sínodo Panamazónico

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